Hoy, 7 de octubre, conmemoramos un nuevo aniversario de la partida de un hombre de fe, un pastor visionario y un servidor incansable de la obra del Señor. Recordamos con gratitud la vida y legado del Obispo Francisco Anabalón Duarte (1937-2012), cuya abnegada entrega moldeó profundamente la historia de la Iglesia Pentecostal Apostólica y contribuyó al desarrollo de la libertad religiosa en Chile.
Desde muy joven, el pastor Anabalón heredó los valores espirituales de su padre, el también líder fundador Francisco Anabalón Rosales, y creció en el servicio activo al ministerio. Tras asumir la presidencia de la misión en 1982 y ser ungido obispo en 1983, su visión fue clara: consolidar lo que se venía haciendo, expandir la misión con propósito y cultivar una iglesia firme en su testimonio. Bajo su liderazgo la Iglesia Pentecostal Apostólica creció en Chile y en el extranjero.
Uno de sus aportes más significativos a la sociedad chilena fue su activa participación en la gestación de la Ley 19.638 de Libertad Religiosa y de Culto, legislación que consagró la igualdad de credos ante la ley, validando el derecho de expresión religiosa en nuestro país. Fue también moderador del Comité de Organizaciones Evangélicas (COE), presidente del Consejo de Pastores de Chile y presidente de la Sociedad Bíblica Chilena. Su voz era escuchada en los foros públicos, pero su mayor pasión fue moldear corazones con el Evangelio.
En su vida pastoral se destacó por su sensibilidad, humildad y firme comprensión del llamado ministerial. Fue un guía espiritual que promovió la participación de jóvenes y mujeres en los dones del ministerio, prácticas que en su momento fueron innovadoras para el mundo pentecostal. Aun en sus últimos días, siguió escribiendo y reflexionando, entregando su “palabra de aliento y ánimo” a quienes lo rodeaban.
Este día, nuestra Iglesia recuerda con emoción y respeto la herencia espiritual y social que él nos dejó. Que su ejemplo nos inspire a mantener vivo el ideal de una Iglesia con Propósito: adorando a Dios con libertad, edificando el compañerismo, formando discípulos, sirviendo con humildad y evangelizando con coraje. A su esposa pastora María Valenzuela, a sus hijos Pablo, Daniel, David y Ruth, y a toda su familia extendemos nuestro afecto, oración y gratitud.
“Señor Jesús, abre mis ojos y mis oídos a tu palabra… habla, Señor, que yo te escucho.” Estas palabras nos recuerdan su profunda vida devocional y su llamado firme a vivir conforme a la verdad divina. En su memoria y por su legado, reafirmamos nuestro compromiso de servir con integridad y fe.
Que su luz continúe brillando en nuestra congregación, y que cada paso que damos honre el testimonio de su vida.
En Cristo y servicio,
Iglesia Pentecostal Apostólica